Augusto, por encima de todo, fue un señor.
Creo que ninguno de los que tuvimos la suerte de tratar con él lo olvidaremos. Su cultura y su señorío era transversal a personas con distintas edades, con distintos ideales y con distintas vidas.
Era un aprendizaje continuo y un humor de los que no sobra mucho en esta sociedad.
Se ha ido, pero seguro que estará sacando una sonrisa a más de uno, allá donde lo escuchen. Y lo lean.
Un abrazo a todos.
