Hay personas que, sin proponérselo, dejan una huella luminosa en quienes las rodean. Augusto era una de ellas. Su presencia, incluso cuando solo pasaba un momento por la oficina, transformaba el día. Llegaba con esa elegancia innata que parecía acompañarlo desde siempre, impecable, negándose a llevar bastón para no parecer viejo.
Cada visita suya era un regalo. Se sentaba un rato y empezaba a contarnos historias que parecían sacadas de un libro extraordinario. Narraba su vida con una mezcla de serenidad y entusiasmo. Hablaba de personas que había conocido en el camino, de experiencias que solo se alcanzan con una vida larga y llena de curiosidad. Escucharlo era como abrir una ventana a otro tiempo.
Como buen pediatra, nunca dejó de preocuparse por la salud de nuestros hijos. Preguntaba por ellos y siempre se sorprendía de lo mayores que estaban ya. Tenía esa ternura discreta de quien ha dedicado su vida a cuidar.
Augusto era también un hombre detallista y cariñoso. Aparecía con pastas para agradecer nuestra paciencia pero éramos nosotras las que agradecíamos su compañía. Esa generosidad espontánea decía más de él que cualquier discurso.
Al recordarlo, sentimos la tristeza de su ausencia, pero también la gratitud inmensa de haberlo conocido. Augusto fue un hombre que vivió con dignidad, con humor, con afecto. Nos regaló historias y nos enseñó, sin pretenderlo, que la edad no es un límite, que la elegancia es una actitud y que la vida, cuando se comparte, se vuelve más grande.
Hasta siempre
