sábado, agosto 15, 2026
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Si hay cielo, ahí está Augusto Borderas

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Opinión por Álvaro Martínez. Hay personas que pasan por la vida pública como quien ocupa un despacho: cumplen, firman, aparecen en las fotos y desaparecen sin dejar huella. Y luego están los otros. Los que creen. Los que se lo creen. Los que viven el servicio público como una forma de situarse en el mundo. Augusto Borderas fue de esos. De los que ya casi no quedan. Fallece Augusto Borderas Gaztambide 

SANIDAD

Su compromiso empezó donde empiezan las cosas que importan: en la sanidad, en el cuidado de los demás, en ese territorio donde uno no puede fingir. Dirigir el Hospital Txagorritxu no es un cargo, es una responsabilidad que te mide por dentro. Y él la asumió con una mezcla rara de rigor y humanidad, de exigencia y ternura, de profesionalidad y vocación. No era un gestor: era un servidor. Y eso, en estos tiempos, es casi una anomalía.

HONESTIDAD

Ese compromiso lo llevó después a las instituciones políticas por vocación (Juntas Generales, Ayuntamiento, Parlamento Vasco y Senado). No por ambición, no por cálculo, no por ese brillo fácil que seduce a tantos. Lo llevó porque creía en lo público. Porque pensaba que las instituciones son el lugar donde se protege a los vulnerables, donde se construye comunidad, donde se decide el futuro de la gente real. Augusto no jugaba a la política: la ejercía. Y la ejercía con una honestidad que hoy parece casi un acto de resistencia.

DATO ECONÓMICO

Pero si uno quiere entender de verdad quién era, tiene que mirar su obra más íntima: 25 años escribiendo cada mes en “Sillas de Postas” de Dato Económico. Nombre elegido por él como símbolo antiguo de los carruajes que llevaban cartas y noticias cuando no había otros medios de comunicación en el siglo XVI.

Sin faltar ni una sola vez. Sin excusas. Sin cansancio. Sin ruido. Un cuarto de siglo contando historias, iluminando rincones, recordando vidas, explicando lo que somos. Ese esfuerzo silencioso, disciplinado, casi monástico, dice más de él que cualquier cargo. Porque solo escribe cada día quien tiene algo que decir.

DEJA 3 ARTÍCULOS PÓSTUMOS QUE VERÁN LA LUZ

Y aún así, incluso en sus últimos meses, seguía pensando en los demás. Dejó tres artículos escritos para Dato Económico, preparados, listos para cuando llegara noviembre y tocara pronunciar su discurso en el Premio Solidario. Tres textos que no veremos como él los imaginó, pero que hablan de su forma de estar en el mundo: siempre pensando en la comunidad, siempre preparando la palabra justa, siempre queriendo aportar.

Cada año esperábamos su discurso en la cena del Zaldiaran. Cada año era un hito. Cada año nos recordaba que la serenidad también puede ser una forma de liderazgo.

BUENA PERSONA

Porque Augusto Borderas era, ante todo, una buena persona. Y sí, es una obviedad. Pero es una obviedad que importa.

Era educado sin ser distante, culto sin ser pedante, cercano sin ser invasivo. Tenía esa elegancia que no se aprende: se tiene o no se tiene. Y él la tenía.

HONESTO

Y sobre todo, era honesto. Honestidad de la que no se declama, de la que no se presume, de la que no necesita escaparate. Honestidad de la que se practica. De la que se nota. De la que deja huella.

Hoy Vitoria pierde a un servidor público, a un escritor constante, a un hombre culto, a un gestor serio, a un político vocacional. Pero sobre todo pierde a alguien que vivió con coherencia. Que creyó en lo que hacía. Que se tomó en serio su papel en la vida de los demás.

No es fácil despedir a personas así. Porque cuando se van, no solo se va una biografía: se va una forma de entender el mundo. Y esa ausencia pesa.

LA DESPEDIDA

Hay despedidas que no deberían existir, porque arrancan algo que era de todos. La de Augusto Borderas es una de ellas. Se va un hombre que vivió para lo público con una fe que ya casi no se ve. Augusto caminó siempre con la misma brújula: cuidar, ordenar, proteger, mejorar. Y lo hizo sin ruido, sin aspavientos, sin esa vanidad que tanto sobra hoy.

Hay despedidas que no se aceptan (eso me ocurre hoy). Cuando desaparece una persona así, el mundo queda un poco más desordenado, un poco más frío, un poco más huérfano. Pero queda su ejemplo. Y queda, sobre todo, la certeza de que Álava tuvo la suerte de contar con él. Por eso duele tanto. Porque hay vidas que no deberían apagarse nunca. Porque hay personas que, cuando se van, dejan un vacío que no se llena: solo se recuerda.

Esa imagen —la de Augusto que ya no está— es devastadora. La de un hombre irrepetible. La del amigo discreto que siempre estuvo ahí. Desde hace casi 40 años que le conocí. ¡Como no te voy a querer! Descanse en paz.

 

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